Reajuste de expectativas
Las expectativas son parte importante del crecimiento de la persona, formando parte de nuestras relaciones cotidianas e influyendo en nuestro diario funcionar. Se comienzan a construir desde la niñez y nos acompañan a lo largo de nuestro desarrollo. Estas pueden estar dirigidas hacia uno mismo, respondiendo a aquello que esperamos alcanzar, o hacia los demás —personas, instituciones, países, etc.—, al esperar algo de un otro, ya sea una conducta, algo material o un resultado cuantificable.
Esperamos crecer como personas, alcanzar determinados objetivos, desarrollar al máximo nuestras capacidades, que nuestro desempeño sea reconocido de alguna forma y construir una trayectoria que tenga sentido para nosotros. Sin embargo, cuando la realidad no coincide con aquello que imaginábamos, se hace presente la frustración y la sensación de fracaso.
Pero, ¿qué ocurre cuando el problema no está necesariamente en nuestras capacidades, sino en que seguimos evaluándonos a partir de expectativas que ya no responden a nuestra realidad actual?
Ahí es cuando el reajuste cobra importancia.
Reajustar no significa conformarse
En el contexto laboral, reajustar expectativas no significa abandonar nuestras metas ni disminuir nuestras aspiraciones. Significa detenernos a observar si aquello que estamos persiguiendo sigue siendo coherente con nuestras necesidades, nuestro momento vital y las condiciones reales en las que estamos trabajando.
A veces necesitamos cambiar el objetivo, otras veces modificar el plazo y, en ocasiones, cambiar la manera de llegar a él. Ahora bien, lo crucial está en analizar si la expectativa que tenemos sobre nosotros mismos está construida a partir de quienes somos actualmente o de una versión anterior. Puede ocurrir que nos estemos comparando con otras personas o con nuestro propio desempeño pasado sin considerar que las condiciones que enfrentamos hoy son diferentes.
Entonces, nos seguimos exigiendo desde capacidades, ritmos o niveles de desempeño que anteriormente éramos capaces de sostener pero que hoy, debido a distintos factores, ya no podemos mantener de la misma manera. Dar nuestro cien por ciento no siempre significa rendir de igual forma en todo momento; a veces significa reconocer cuánto podemos entregar en las circunstancias actuales.
Cuando las expectativas se transforman en presión
Este fenómeno se presenta en los distintos sistemas en los cuales participamos y puede ser comprendido desde múltiples teorías. Desde un enfoque organizacional esto se podría manifestar de la siguiente manera:
- Expectativas poco realistas sobre la productividad, disponibilidad, crecimiento profesional o capacidad de adaptación pueden generar una presión sostenida sobre las personas.
- Estándares internos difíciles de sostener, cuando los colaboradores sienten que siempre deberían estar avanzando, aprendiendo más, produciendo más o alcanzando el siguiente nivel.
El problema no radica necesariamente en tener expectativas altas. El desafío aparece cuando estas dejan de funcionar como una orientación y comienzan a convertirse en una medida permanente de nuestro valor, llevándonos a evaluar nuestro desempeño en función de un estándar que quizás ya no responde a nuestras condiciones actuales.
¿Qué podemos hacer?
Reajustar expectativas requiere una pausa y la posibilidad de revisar aquello que estamos persiguiendo.
Podemos preguntarnos:
- ¿Esta meta sigue siendo importante para mí?
- ¿Es realista considerando mi situación actual?
- ¿Estoy comparando mi proceso con el de otras personas?
- ¿Estoy evaluando mi desempeño únicamente desde aquello que falta?
- ¿Qué necesito modificar para avanzar de una manera sostenible?
Estas preguntas no buscan reducir la ambición, sino hacer que nuestras expectativas sean más conscientes, flexibles y sostenibles, sin perder de vista los principios que orientan nuestras decisiones.
Una responsabilidad compartida
El bienestar laboral no depende exclusivamente de la capacidad individual para gestionar las emociones o adaptarse a las dificultades. Las organizaciones también tienen un papel importante en la construcción de expectativas saludables; objetivos claros, comunicación efectiva, liderazgos que acompañan y culturas que permitan reconocer tanto los logros como los límites que deben respetarse, contribuyen a generar espacios de trabajo más sostenibles.
Una organización saludable no es aquella en la que las personas nunca se frustran o enfrentan dificultades. Es aquella que permite transformar esta frustración y dificultades en oportunidades.
Que se da el tiempo para revisar, conversar y reajustar cuando las circunstancias cambian.
Reajustar también es avanzar
Somos seres en constante movimiento y construcción. Como mencionó Heráclito de Éfeso:
“nadie se baña dos veces en el mismo río”.
Las circunstancias, las prioridades y nosotros también cambiamos. Por eso, reajustar nuestras expectativas no necesariamente significa alejarnos de aquello que queremos. Aquello que queremos puede seguir estando muy bien definido. A veces, significa ser capaces de detenernos, evaluar el contexto y preguntarnos si el camino elegido sigue siendo coherente con quienes somos y con las posibilidades actuales.
A veces, mantener el norte requiere aceptar que el camino necesita cambiar.
Reajustar no necesariamente es retroceder. En ocasiones, es precisamente la manera de encontrar una forma más realista, saludable y significativa de llegar a aquello que queremos.